Vivir para ver

Capítulo 2

Vosotros no conocéis a Pablo, pero él nunca llegó a pensar que todo se precipitase así, tan de repente, como si mundo avanzase sin control por una pendiente cuesta abajo. Pero sí, la verdad es que el mundo siempre avanza sin control. Esa sensación de poder dominar el presente y condicionar el futuro es una proyección de cómo nos gustaría a todos que fuesen las cosas… el equilibrio, la tranquilidad, la lógica… Pero no es así, el mundo no funciona así.

Tres días antes del desastre de Chernóbil, Igor, un pescador del río Pripiat se había prometido en matrimonio con María Cartarescu. Sin embargo, cuando le fueron a comunicar a su madre la feliz noticia, ella, desesperada, les dijo que no era el momento, que iba a venir el anticristo. Que ya lo había predicho hace muchos años Illarion Petrov, y que no tenía solución, que en tres días iba a saltar todo por los aires, y el diablo iba a recorrer de nuevo Europa, el mundo. Ellos, Igor y María, se quedaron asombrados con la ignorancia de esa madre que no sabía cómo funcionaba el mundo, y tan tranquilos hicieron planes para estar juntos para siempre.

Tres días después, un veneno silencioso se extendió por el río Pripiat, y trajo decenas de peces muertos a las repletas redes de Igor, y el no conseguía entender por qué razón. María se había marchado a Kiev para ver a una tía, hermana de su padre, sin imaginar que nunca más volvería a verlo. Eso fue lo mismo que le pasó a Pablo con Silvia.

Ella estaba en Madrid cuando todo comenzó. Se había ido a hacer un curso toda esa semana, y el estado de alarma la pilló en un hotel en el centro de la ciudad. Nada parecía presagiar lo que ocurriría después. La gente salía, tomaba copas, trabajaba. Los viejos estaban mal, pero, esto siempre pasa, no es algo extraordinario. El histerismo de la gente vino después, como vino el miedo, y el confinamiento. Confinada en un hotel boutique, pero confinada. Llamadas a la familia, a los amigos, a la pareja. Perplejidad y una leve sensación de irrealidad cuando comenzaron a quedarse las calles desiertas, cuando las miradas de los camareros reflejaban el miedo. 

Sí, me llamó para contármelo, y para decirme que no me preocupé, que estaba bien. Y sí, estaba bien y no me preocupé. Aunque el mundo estaba cambiando sin que yo me hubiese percatado. Nuestro mundo, y su mundo.

No tardó mucho tiempo en volver. Un amigo diputado volvía también de Madrid, y la llevó en su coche. Pasaron varios controles, pero no tuvieron problemas. Además, en aquel momento, el virus solo parecía un problema para los ancianos. El resto, salvo que tuviésemos alguna enfermedad previa no teníamos problemas, si acaso un leve catarro o, pueda que una gripe fuerte. Nada más. Como lo de la gripe A. Exagerando, como siempre.

Y paradójicamente, no sé cómo, todo se torció. Primero fue China, después saltó a Italia, desde ahí a toda Europa, y en un mes el mundo entero estaba hablando del Covid-19, y del comienzo del nuevo milenio. Porque siempre es así. Los cambios de época nunca siguen una lógica temporal, ocurren cuando ocurren, y el nuevo milenio empezó en 2020 con el Covid. Y Silvia, mi amiga, mi amante no se murió con la pandemia, pero desapareció de mi vida, justo en ese momento. Vivir para ver.

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