La búsqueda de Pablo (capítulo 21)

Novela 2025

La información es la clave, el ADN de la estructura de la sociedad posmoderna. Manejando la información, lo manejamos todo. Y con los nuevos rastreadores del directorio militar era muy sencillo encontrar todo lo que necesitases saber de alguien. Y Pablo quería saber de Silvia. Lo único que se requería para tener la información era una autorización de nivel alto para poder acceder a los archivos completos de alguien. Evidentemente, él, como oficial del directorio militar y agente de corrección social, tenía un permiso de nivel 2.

El sistema era sencillo y llevaba un largo tiempo funcionando con la autorización del usuario de las redes y de las correspondientes páginas. De ahí se obtenía toda la información. A través de las cookies se permitía el acceso a todos los datos, aunque la realidad es que los motores de búsqueda y el propio ingreso gratuito a la red implicaba que dejabas toda la información a disposición de estas empresas que la gestionaban, obtenían beneficios y vendían tu información privada sin ningún tipo de control. Al principio se intentó regular la actuación de esas empresas y prohibir el uso de su posición dominante en el mercado, porque lo tenían todo. Pero ya eran demasiado grandes, Facebook ahora Meta, Google, Apple, y el resto de multinacionales de Palo Alto, a las que había que añadir las empresas rusas y chinas de inteligencia artificial y mercados. El resultado? Un desastre. Estaba toda nuestra información en manos de unos pocos. Con la pandemia, por razones de excepcionalidad sanitaria se pidió compartir la información, y con los directorios militares que se fueron extendiendo por la mayoría de los gobiernos europeos, y por el resto del mundo, esos archivos se pusieron a disposición de Estados autoritarios que desarrollaron esas nuevas tecnologías con fines de inteligencia y de control de la población.  

De esta manera, podían saber todo cuando quisiesen de una persona, siempre que tuvieses las autorizaciones militares y de inteligencia para hacerlo. Por ejemplo, cuánta energía consumía una persona, cuándo encendía los electrodomésticos, cuándo limpiaba, incluso qué tenía en su frigorífico. Con un código encriptado tenías acceso a todo. Si quería saber cuántas veces se conectaba la red, y a qué páginas, también contabas con esa información. Lo que compraban en los sitios web, lo que comían, lo que bebían. Si tenías la debida autorización, podrías incluso dirigir los micrófonos y los teléfonos personales para escuchar, y en determinados contextos hasta para ver, sin que el usuario sospechase nada. Podía estar el ordenador apagado, y el teléfono sin conexión aparente, y estar siendo utilizado con este fin. Los que lo justificaban decían que, aunque pudiese parecer negativo para la libertad del individuo, si lo pensábamos mejor, era una forma excepcional de evitar los delitos en la sociedad, de evitarlos y de combatirlos. Pablo pensaba que, de este modo, en un tiempo determinado cuando se acabasen con las conductas ilícitas, indeseables, evidentemente se podría rebajar el nivel de represión. Hasta no haría falta ni tener policía ni controles de orden, porque todo el mundo se comportaría adecuadamente.

Aun así, había cuestiones polémicas porque cuando se implantó el sistema LIC desarrollado por el CNI, junto con estas famosas empresas transnacionales, como no se había hecho público, las denuncias fueron llegando en aluvión, y los procedimientos de agilización de la justicia que significaba que se emplearían algoritmos matemáticos para la toma de decisiones judiciales, sin intervención de jueces y magistrados, la mayoría de la población, salvo el personal del directorio y resto de autoridades policiales, fue condenada y sentenciada por numerosos delitos. Eso sí, en dos meses habían desaparecido casi todos los delitos comunes. Cosa distinta eran los delitos contra integridad social y contra el directorio, que, inexplicablemente y a pesar de que existía una paz social que nadie podía negar, tal vez un miedo social a la represión, había gente que lo cuestionaba puesto que anteponía la democracia y la libertad al bien común.

Esto era lo que pensaba Pablo. También, justificándolo, decía que esto había pasado en todas las épocas. Pero, claro, cuándo es la tuya, se ven las cosas de forma distinta. De hecho, él decía que podía entender mejor lo que había ocurrido en el nazismo, sin análisis ideológicos que querían tergiversarlo todo. Se habían hecho cosas mal, obvio, pero tenían un profundo amor por su país y por su mundo, como había ocurrido con el franquismo en España, a pesar de que quisiesen criticarlo gratuitamente. Nadie puede negar que el orden es bueno, y que perseguir el delito es una necesidad social, y el que esté contra eso, debería sufrir el reproche de todos los poderes públicos, de la sociedad en su conjunto. Yo estoy con aquel filósofo del derecho que en un congreso en León defendió la tortura por el bien de la sociedad. Y por eso me alegré cuando el Directorio Militar hizo a Pablo de Losa ministro de instrucción pública. Estar en contra de la tortura en favor del bien común es una banalidad, porque si no defendemos nosotros nuestra forma de vida, quién lo va a hacer. Si a través de la tortura se conseguía evitar un atentado, pues adelante. Así debe ser, y al que no le guste que se vaya.

Con un ligero gesto de rabia, cogió de nuevo la copa y sigo bebiendo. Ahora estaba determinado entrar en la aplicación y buscar toda la información que pudiese tener sobre Silvia. Tal vez, así podría volver con ella, recuperar la relación que no sabía muy bien por qué, se había roto. 

Esta forma de pensar de Pablo había sido durante un tiempo casi mayoritaria en la sociedad, o por lo menos parecía que en lugar de ser una postura criticable, tenía una inusitada visibilidad, incluso amparo, en los medios de comunicación.

Pablo no lo sabía, no lo quería saber, por lo menos en aquel momento, pero los totalitarismos, los fascismos, siempre se construyen así. Cuando un porcentaje de personas decentes daban por bueno el discurso xenófobo, racista, y machista, trufado con verdades a medias, con algún acierto, con mucha manipulación y con un sorprendente apoyo público que trataba de blanquear lo inquietante de estas ideas. Como había ocurrido con la república de Weimar de entreguerras, nadie pensó que se llegaría tan lejos, hasta que ya era tarde. Así pasó en la pandemia y la postpandemia. 

Pero Pablo no estaba ahora pensando en nada de esto. El solo bebía y disfrutaba de la música que sonaba de fondo, mientras tecleaba su código de autorización para entrar en la información privada de Silvia. Y esto, en el directorio militar, no era para tanto. En el fondo, se decía a sí mismo, lo hacía por recuperar el amor de Silvia.

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