Un mundo feliz (capítulo 24)

Novela 2025

Suena un teléfono. Durante diez segundos. Sin parar. Hasta que salta el contestador. Hola, soy Silvia, ahora no te puedo atender. Si quieres, deja un mensaje.

-Hola Silvia, soy Pablo. Cómo estas? Espero que bien. Hace tiempo que no sé de ti, pero quería hablar contigo. Comentarte un par de cosas. Te dejo mi número por si lo has borrado. Seis cinco cinco, cinco cuatro, cuatro cinco, nueve uno. Besos.

Pablo guardó el teléfono, cogió las cosas y se fue al trabajo en el Ministerio. En su trabajo como jefe del nuevo cuerpo de seguridad de la Policía siempre había casos urgentes. Y por la mañana más, porque la mayoría de las detenciones se producían por la noche, con nocturnidad. Cada día que llegaba al trabajo, encontraba una fila de personas que querían hablar con él para preguntarle por alguien que había desaparecido, que no había venido a dormir, o, sencillamente, que habían visto cómo la policía de paisano, pero con el brazalete del Directorio Militar, lo metía en un coche sin rotular. 

Él pasaba silencioso, pero con parsimonia, sin decir nada, hacia su despacho dejando atrás a los que esperaban en el vestíbulo con gestos de desesperación y desesperanza. Pablo sabía que no era culpa suya, que las cosas son como son, y tu sabes que hay normas que tienes que cumplir. Así de claro. En este país siempre preferimos echarle la culpa a los demás, pero no había sido él, el que actúo de forma incorrecta. Esta era la conversación diaria con familiares, padres, madres, mujeres, hasta hijos que se acercaban a la comisaría, y que como tenían contactos accedían a hablar con el jefe de policía del Directorio Militar. Sin éxito, claro. Él no podía hacer nada. Solo era el jefe, pero no hacía las normas.

Algún caso concreto, por razones muy justificadas, merecía una excepción. Entonces, les recomendaba que acudiesen a su despacho privado de abogado, donde sus compañeros podían intentar recurrir la detención, la incomunicación, y todas las penas derivadas de los actos, que, en la mayoría de los casos, eran de terrorismo contra la autoridad, en sus diversas formas.

Este tipo de asuntos eran muy costosos, porque implicaban un esfuerzo grande en el bufete, por razones de urgencia, y por el tipo de temas que trataban que, en muchas ocasiones, afectaban a la seguridad nacional, y, por lo tanto, se remitían a la Audiencia Nacional en Madrid, uno de los pocos órganos administrativos que no había cambiado de nombre de la democracia a la dictadura, y que en vía de recurso se acudía al Tribunal Supremo de Orden Público, el antiguo Tribunal Supremo. Curiosamente, estos tribunales mantuvieron casi todos los magistrados tras la llegada al poder del Directorio Militar, porque consideró Felipe VI que eran patriotas del país, y que nadie podía dudar de su independencia y su lealtad al Directorio. Y esto fue un gran problema, porque mientras que en todos los órganos del Estado eran depuradas muchas personas por ser demócratas o por actuar con lealtad democrática, en la judicatura parecía que intentaban hacer méritos para congraciarse más aún con el Directorio Militar, y esto significaba ser más duros. En opinión de Pablo, esta forma de actuar era errada, porque si alguien como él, un hombre leal por razón, profesión y cargo al Directorio, acudía a estas instancias judiciales con un cliente, era porque había alguna razón que lo justificaba.

Había sido muy polémico un asunto en el que se había detenido a un chico nieto de un conocido empresario de la ciudad, que además era amigo de la familia de Pablo, y que iba a ser desterrado porque se decía que tenía relación con la resistencia, Y en el que solo la intercesión del propio Pablo con Madrid consiguió que se paralizase esta medida, aunque esto supuso el pago de ingentes cantidades de dinero, en bitcoins, para demostrar la lealtad de la familia del detenido con el Directorio Militar, algo como lo que le había pasado a la familia de Wittgenstein con el nazismo en Alemania. 

Para Pablo era muy cansado hacer gestiones de este tipo, porque sí, le reportaban generosas comisiones, pero que no compensaban, por los dolores de cabeza derivados de estos procedimientos. Era mucho mejor que la persona que se metía en líos no fuese tan conocida, porque de este modo, hacían el recurso en su despacho particular, pagaban puntualmente previa presentación, el recurso sencillo, 6.000 euros, o el recurso complejo, 30.000 euros, y si había motivos reales para archivar el asunto, él, en el Directorio Militar, o la Fiscalía, lo archivaban. Desafortunadamente, no siempre podían archivarlos, por la gravedad de las actuaciones, pero en ese caso se les explicaban y parecían resignarse.

Había épocas donde había tantas detenciones que tenían que estar pendientes de los asuntos casi todos los días, y entonces tenía encima de la mesa, como ahora, docenas y docenas de expedientes de detención sumaria, o remisiones judiciales por delitos muy graves. Esta mañana tenía que resolver cuántos asuntos se enviaban al juzgado para investigarlos, y cuántos él, como policía superior del Directorio Militar, dictaba sentencia directamente para resolver sin más trámite. Que la policía dictase directamente sentencia era para él lo mejor, puesto que se ahorraba muchísima burocracia, que antes del Directorio Militar, colapsaba los juzgados. Por lo menos ahora, todo funcionaba mejor, y no había quejas por el funcionamiento lento de la justicia. En su opinión, este era el primer paso, necesario, claro está, para un mundo feliz.