La vida se abre paso (capítulo 17)

Novela.- 2025

Camilo salió de la casa clandestina con tranquilidad. Era un día frío, pero por lo menos, en ese momento parecía que dejaba de llover. Y se agradecía. Claro que sí. Mientras tanto, iba pensando en el encuentro con Diez y con Veinticinco. Seguro que es una buena idea no conocer sus nombres, pero cómo confiar. Tal vez, en el propio Directorio Militar tratando de desenmascarar a los que estaban intentando frenar la deriva fascista. Pero si eso fuese así, por qué no lo habían detenido? No lo sé. Necesito pensar. Ahora que me siento mejor, solo tengo que ordenar mis ideas, pensar en el futuro y qué hacer con todo esto.

Como si la respuesta estuviese delante de él, Camilo observó lo que había a su alrededor. La sociedad en apenas poco tiempo se había deteriorado mucho, aunque pueda que no fuese así, puede que el deterioro empezase mucho antes, sin que nadie lo hubiese visto, sin que nadie asumiese la realidad. En los últimos veinte años el mundo parecía a la deriva. Internet se había convertido en un fenómeno mundial, y el mundo, de repente, estaba conectado. Parecía que todo se había hecho más próximo y las sociedades que hacía años se construían ajenas, salvo una minoría, ahora lo compartían todo: modas, libros, series y películas, deportes y hasta fobias y perversiones. Estábamos como nunca antes unidos, por la sociedad de la información. O eso parecía.

Después de Internet, pasamos a construir plataformas comunes de contenidos, y esas redes de información se transformaron en redes sociales, y durante mucho tiempo en redes de desinformación donde cualquiera tenía un megáfono con el que gritar sus mentiras, o sus verdades, eso era secundario. En ese maremágnum de mundo unido de sonido, de información y desinformación, de locura, las nuevas generaciones nacían y se educaban dentro de esa confusión. Nada positivo podía albergarse. Las tradicionales fuentes de equilibrio social estaban perdidas o desaparecidas. Este fue el caldo de cultivo perfecto para que la pandemia mundial lo quebrase todo. No, no era Weimar en 1929, era el mundo entero, el mundo occidental, en el año 2020.

Habrá pasado un tiempo desde el comienzo del COVID-19 todo había cambiado, Y Camilo no dejaba de sorprenderse al ver a la gente por la calle, con ropas envejecidas salvo los perfectos trajes de las policías diversas, que campaban a sus anchas en el estado permanente de alarma. Camino del Fontefría, iba por la antigua calle del Progreso, ahora llamada calle del Generalísimo Felipe VI, y se cruzaba con hombres y mujeres que mayoritariamente tenían miedo de levantar la cabeza, de mirar a los ojos de los transeúntes con los que se cruzaba. Parecían tener miedo, mucho miedo. Los únicos que parecían felices eran los policías que plácidamente vigilaban todos los lugares. Policías de barrio, policías militares, policías civiles, fiscales, nacionales, y los temidos policías del Directorio Militar, las S.E.S. de los nazis que además, como pretendían identificarse con esta imagen llevaban trajes negros con brazaletes rojigualdas. Curiosamente, esta policía además ostentaba también un puesto en el ejército ordinario con lo que tenían además el reconocimiento de ser la P.D., la policía del Directorio. Así, cuando veías por la calle policía con traje negro y brazalete sabías que podías tener un problema.

Emilio se encontró con uno justo en el cruce con la recién nombrada calle de Capitán Eloy presente, antigua calle de la Concordia. Un escalofrío silencioso recorrió su cuerpo. Intentó bajar más la cabeza y caminar más despacio, aparentando tranquilidad. El policía del Directorio lo miró indiferente, como si hubiese visto pasar un perro por la calle, y Camilo respiró aliviado. Cuando no se había distanciado ni diez metros, escucha un grito del policía. Se giró y vio como ese policía le daba el alta a una mujer de pelo corto. Pero ella no se detuvo. Cuando parecía que la mujer había tomado suficiente distancia y el policía dejó de gritar, un sonido sordo arrasó con la escena, Y Camilo vio cómo la mujer se caía en la calle. A lo lejos, el policía guardaba el arma en la cartuchera, mientras se acercaba la mujer herida en una pierna. Y lo peor, es que a nadie le aterrorizaba la escena.

Con un gesto de resignación, Camilo sigue subiendo por la calle, mirando los escaparates de los negocios que han venido cerrando, observando los establecimientos públicos que se habían engalanado con los colores el directorio: negro, rojo y gualda.

Llegó pronto a la taberna Fontefría y saludó desde fuera. Los camareros, que lo conocían, salieron a saludarlo.

Con la nueva normativa, tenían que llevar los colores fijados por el Directorio para este tipo de empleados, y resultaba curioso ver que todos los bares y restaurantes abiertos, tenían a sus empleados vestidos del mismo modo. También resultaba curioso para una persona que hubiese estado allí antes del Directorio Militar, ver que las mujeres también estaban obligadas en sus trabajos a diferenciarse de los hombres, con una forma de vestir específica, que como indicaba la normativa, era propia de su condición.

Camilo siguió departiendo fuera con el camarero del Fontefría, que le había traído una botella pequeña de vino dentro de una bolsa de papel. Así no tenían que identificarlo, porque si consumías y entrabas en el local, tenías que identificarte y así podían controlarte mejor. Estaban hablando de Pepe, el dueño, y de los problemas que habían tenido en los últimos tiempos. El último había sido con su hijo, por eso no se encontraba en el bar. Había ido a comisaría donde estaba detenido, aunque oficialmente estaba desaparecido y no se sabía dónde estaba. Él sí lo sabía, claro.

-Dile por favor que me llame, por si puedo ayudarlo.

-Muy bien. Se lo diré cuando venga.

-A este teléfono mejor. Y le anotó un teléfono en una servilleta.

-De acuerdo.

-Te dejo que por ahí se acerca mi amiga.

-Perfecto entonces. Fuerza.

-Fuerza.

Y Camilo levantó la mano para que Silvia lo viese, y apuro el paso con una sonrisa como respuesta. Y es que la vida, siempre, acaba por abrirse paso.

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