El futuro sin Silvia (capítulo 12)

Novela 2025

-Camilo, soy Silvia, necesito tu ayuda.

Camilo no supo qué contestar. Desde que se conocieron en aquel extraño viaje de Madrid a casa al principio de la pandemia, siguieron en contacto, pero con distintos niveles de intensidad. Apenas coincidían, y los mensajes y los encuentros azarosos en una pequeña ciudad como en la que estaban no dejaban nada más que un momento para compartir esa realidad tan loca que se llevó todo por delante.

Ahora, con el paso del tiempo, se reveló que la sensación que algunos pocos tenían y a los que no se les hacía caso, al propio Camilo por ejemplo, debía haber sido la brújula moral a seguir para evitar el desastre social que traería el Covid. La pandemia no fue lo peor, lo peor fue sin duda alguna la reacción que tuvimos todos frente a ella. El histerismo, el desquiciamiento, y la tristeza a veces… La sensación de ir cayendo en un pozo oscuro sin saber cuándo tocaríamos fondo. Todo esto evidenció los problemas, nuestra sociedad infantilizada, nuestras defensas sociales arrasadas porque no esperábamos sufrir nada parecido a esto. Y las muertes, y el confinamiento, y la investigación buscando la vacuna, y de nuevo las muertes y el confinamiento, y la consecución de las vacunas. Y las muertes y el confinamiento y la vacunación mundial… y el caos.

Porque sí, porque cuando pensábamos que todo se había acabado porque habían llegado las primeras vacunas, el problema no acababa nada más que empezar. Moscú, Pekín, Berlín, Nueva York y Londres compitieron por las vacunas y las consiguieron. Justamente después, el libre mercado, nuestro muy querido capitalismo, heredero de una idea de libertad y de un individualismo mal entendido, nos dijo que las vacunas no eran para todos. Y las sociedades más avanzadas se fueron vacunando. En algunos países del primer mundo, hasta se pusieron todos los tipos de vacunas que existían. Las farmacéuticas privadas, encargadas de algunas de ellas y con las patentes protegidas, ganaban mucho dinero a cuenta de la tragedia. Curiosamente, tres cuartas partes del mundo, seguían sin vacunas, mendigando las vacunas chinas, o las rusas, y claro, permitiendo que se extendiese la pandemia por todo el mundo.

El caso más curioso fue el de Israel. El primer país de todos en conseguir vacunar a la mayor parte de la población. Pero claro, ellos no contaban que la población de Israel también está formada por el pueblo palestino. De hecho, a pesar del llamamiento internacional a vacunar a la población palestina, el gobierno israelí hizo caso omiso, y cuando se percató de las consecuencias ya era demasiado tarde. Las consecuencias eran muy obvias para los epidemiólogos, o para cualquiera que tuviese un poco de sentido común.

Camilo también lo dijo. Ahora, preocupado por la deriva que había tomado la sociedad y nuestra civilización, colaboraba en varios periódicos electrónicos para intentar hacer un periodismo crítico que levantase parapetos contra la desinformación, contra la idiotización de nuestras democracias. Pero con poco éxito. Por eso él y unos compañeros crearon una plataforma conjunta en todo el país, a la que después se sumaron otros proyectos mundiales que intentaban frenar la pandemia social, el desastre social, el desastre. Él tenía algunos ahorros y con el paro que tenía pensaba ganar tiempo hasta que todo se calmase. Pero no se calmó. Se extremó. Y las opiniones políticas también, lo que llevó a unas elecciones con carácter de urgencia.

En las elecciones no había nada que temer, en principio, pero, por ejemplo, en nuestro país, crecía un especial interés en acabar con el gobierno de centro izquierda, al que le tocó lidiar con la pandemia e intentar minimizar sus efectos. Los medios de comunicación crearon un clima apestoso, pegajoso diría, donde se impuso la sensación de que necesitábamos una ley marcial, una ley que nos proporcionase más seguridad y donde las cosas estuviesen más claras. Estos son los buenos y aquellos los malos. Por esos extraños azares de la política, llegó al gobierno el tercer partido más votado, que resultó ser de extrema derecha, y que pedía meter en prisión a los que se opusiesen al mandato divino de cerrar el país y nuestra sociedad para sanarnos de la pandemia. Debemos reconocer que los otros partidos de extrema derecha, el primero nacido poco después de la transición y fundado por un antiguo ministro de Franco, Fraga Iribarne, y el segundo, un partido que era una escisión del anterior, no se atrevieron en la investidura a no apoyar a ese tercer partido más votado. Así, llegó al gobierno la radicalidad y la postpandemia, que no fue otra cosa que la nueva pandemia social. La jodida verdad.

Aquel domingo mientras Camilo comentaba con sus colegas el resultado electoral, nadie podía imaginar lo que ocurriría, nadie podía imaginar cómo iba a cambiar todo. De hecho, esa noche acabaron de cena todo el grupo en casa de unos amigos cerca de la ciudad. Aquel día sí que estaba Silvia. Y aquel día sí que se hablaron. Pero pronto se volvieron a perder la pista.

De vuelta a sus casas respectivas, pudieron escuchar las declaraciones del tercer partido de extrema derecha, y su petición de apoyo político para hacer un gobierno de concentración encabezado por el rey. El político mesiánico loco volvía a emplear la misma estrategia que Hitler con el Kaiser Guillermo, lo que mostraba que no tenía nada de loco. Aquel día, calientes las cenizas de las elecciones estatales, donde había votado apenas un treinta y cinco por ciento de la población, todo cambió. En otros países tardó algo más de tiempo en pasar. Pero pasó.

A esa altura, Camilo intentaba organizarse un futuro, prepararse para lo que iba a pasar en un sistema totalitario que se iba a comer nuestra débil democracia. Pero sinceramente, en ese futuro no estaba Silvia. No, seguro que no.

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