Inventario de casa de campo (capítulo 10)

Novela 2025

En homenaje a Piero Calamandrei, y a Perfecto Andrés Ibáñez

21 horas, 21 minutos, 21 segundos, del 21 de enero de un año indeterminado, pongamos 2021, o pueda que 2031, a saber.

Vemos un cuarto cerrado, como abandonado. Tiene tres cristaleras que le confieren sentido a un espacio que, en este momento, está atravesado por una luz que parece de otro tiempo. Sobre los muebles, una especie de manto de polvo, prueba de que la casa lleva un tiempo abandonada. No se percibe, desde aquí, ningún sonido. Solo un ruido alejado, como tupido por las ventanas cerradas, por las puertas cerradas, por el silencio.

En el fondo, una mesa de madera. Sobre la mesa, unos libros. En los libros, anotaciones. Desde aquí vemos solo cinco libros. El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov; Libros del demonio, grimorios y ciprianillos, de la colección Castro Vicente; Inferno, y Purgatorio, de Dante, en edición de Miquel Barceló. Encima, está el último de todos: Satanás. La historia del diablo, de Vicente Risco. Todos ellos hablan de lo mismo, de la vida y de los problemas, y de las circunstancias, y del sentido que le conferimos a las cosas. Claro, todo tiene que tener un sentido, una explicación. Hasta el deseo, hasta el amor. Y en esta realidad donde nos movemos, sí, estos textos hablan del diablo. Dante resulta divertido, porque él habla como todos nosotros, y paseando de la mano de Virgilio, un tipo razonable, nos explica cómo funciona el mundo, o, mejor, nos va presentando todos los tipos de personas que nos vamos a encontrar en la realidad. Y llega a Lucifer, el malo malísimo, que Dante describe con toda la imaginación de su época. Pero como él vive entre el siglo XIII y XIV, queda un poco lejos, y no nos da tanto miedo. O tal vez sí.

Cuando revisamos el texto de Vicente Risco sobre el diablo descubrimos ese demonio religioso, que acaba empequeñeciéndolo todo, hasta en ese momento al propio autor. Mientras tanto, el demonio, los demonios, las hadas van tomando forma en la iconografía gallega y en las historias de moros y de viejas de los grimorios escritos y no escritos, los libros utilizados para buscar tesoros y vigas mágicas que encontraron los hermanos Castro Vicente, y también en los libros que jamás encontrarán. 

El diablo ahora funciona de otra manera. Un poco como el Woland de Bulgákov, ese personaje prestado por Goethe y sacado de su Fausto, que es un poco un tipo que consigue todo lo que quiere y que no tiene límites. Por eso mola, por eso la gente se siente atraída por este personaje estereotipado en todas las culturas: Satanás, Asmodeo, Arimos, Lucifer, Beelzebub, Baal, Belfegor, Belial, Leviatán, Mammon, Mefistófeles, y tantos y tantos otros nombres que con el cine y con las series se instalaron en nuestro imaginario actual, donde la religión no tiene espacio. Afortunadamente, la razón se va abriendo camino, pero se mantiene la vieja iconografía religiosa. Cosas del modernismo. Ahora, al lado de estos libros podemos ver otros dos: Inventario de una casa de campo Solenoide, pero no sabemos qué pueden tener que ver con los diablos, y con sus advocaciones. Tal vez, en Solenoide se puede percibir mejor, porque está claro que el escritor es un diablo escondido. Cărtărescu exhibe en esa novela tanto talento que solo puede ser atribuible a que vendiese su alma al diablo. Sí, la única explicación racional sería esa, porque ese es un texto imposible de escribir… Inventario de una casa de campo, de Piero Calamandrei en traducción de Perfecto Andrés Ibáñez, es otra cosa. Este libro no habla ni del infierno ni del purgatorio, tal vez de la realidad y de su relación con los paraísos perdidos, con la juventud que ya no será. Por lo tanto, la única explicación para que esté en esa mesa es que el demonio sea su lector. Sí, pueda que sí. Aunque está clara la reflexión de que el demonio sabe más por viejo que por demonio, el caso es que es una persona leída, o por lo menos así son casi todos los demonios. Sí, ahora todo tendría sentido. A este texto sin escritor, y pueda que sin lector. Vete a saber.

Lo que está claro es que en ese cuarto no se percibe ninguna presencia. Parece vacío. Si miramos hacia todos lados no sentimos nada y solo podemos ver… Justamente en ese momento nuestros ojos encuentran algo. En el suelo. Debajo de la mesa de madera. Donde están los libros citados, y donde ahora que ya no hay luz que entre por las cristaleras. Allí ahora encontramos un mazo de hojas escritas, a ordenador, pero con anotaciones a mano. No aparecen escondidas, solamente están en el suelo. Pueda que sencillamente abandonadas por sorpresa. Como si hubiese ocurrido algo repentino que impidió que se recogiesen del suelo y se guardasen en un cajón y no fuesen enviadas al buzón de un editor.

Y sí, en la primera hoja, en la portada, digamos que destaca un título que seguro que nos resulta familiar: 2025, Novela.

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