Silencio

Capítulo 6

Pablo siguió durmiendo no sabemos durante cuánto tiempo, pero ahora las palabras lo olvidan por un instante, y como si se tratase de escritura automática, o de un software que funcionase autónomamente, aparece de nuevo ese personaje que estaba tumbado en la cama de un hospital. No tiene nombre o, por lo menos, nosotros no lo conocemos. Solo sabemos que, en la mesa auxiliar, a su lado, hay una hoja escrita donde ponía: matar a Jácome.

El hospital parece tranquilo y en silencio. En su cuarto hay otra cama al fondo que no está ocupada, y una ventana por la que entra la luz de un día que parece soleado, aunque el ambiente parece frío, como si estuviésemos en otoño. Entra silenciosa una enfermera que lo saluda, y comprueba sus constantes y si queda suero en el gotero. También le da unas pastillas y un vaso de agua, para que se las tome. Espera paciente y comprensiva, y el hombre que está en la cama del hospital, con gesto tranquilo y en silencio, coge el vaso y las pastillas y se las traga sin decir nada.

Cuando levanta la cabeza apenas puede sentir el sonido de la puerta que acaba de cerrar la enfermera. Y de nuevo se queda solo en la habitación y, con naturalidad se saca las pastillas de la boca y las echa en el vaso que todavía tiene agua hasta que se diluyen completamente.

Se siente cansado y respira hondo varias veces, como si estuviese haciendo alguna técnica de respiración. No hace falta ser muy perceptivo para darse cuenta de que su mente parece en otro lugar. Coge el teléfono e intenta buscar una red para ver alguna noticia, pero no es capaz. Cada vez que entra en alguna página web, salta un aviso de que por razones sanitarias y de seguridad pública esa información tiene acceso restringido. Lo intenta varias veces, hasta que se desespera porque no consigue nada. Siempre el mismo aviso. Por razones sanitarias y de seguridad pública esa información tiene acceso restringido.

Suena un tono avisando de que le queda un cuatro por ciento de batería. Alarga la mano, y pone a cargar el móvil. Mientras tanto, entra en wechat para ver si tiene mensajes, pero también aparece la restricción. Inconscientemente busca el whatsapp y el telegram sin recordar que con la pandemia habían sido suprimidos en todo el continente. Solo podías acceder a esas aplicaciones con un coste de pago que la mayoría de la gente no podía pagar porque tenía un precio desorbitado. Así solo quedaba wechat, una aplicación china que podías utilizar para todo, siempre que no estuviese inhabilitada por razones sanitarias y de seguridad, algo que hacía que solo se pudiese usar durante un par de horas al día. 

Cogió el papel donde estaba escrita la frase de “matar a Jácome”, y se puso a jugar con la cuartilla entre las manos mientras buscaba un lápiz que casi no tenía punta para intentar anotar un par de cosas en su reverso. Sí, esta era la nueva normalidad, la que había nacido con el primer Covid, y que se había quedado para siempre. 

Intentó oír algo, pero solo se percibía el silencio, y pensó que estaría bien dormir un poco más. Seguro que en breve le darían el alta. Cerró los ojos y guardó silencio mientras tatareaba una canción muy baja como para infundirse ánimos. En su mano izquierda, tiene una pulsera de papel como la que les ponen a todos los enfermos cuando los ingresan. Allí aparecía un nombre. Camilo Franco.

Ahora el enfermo se había quedado dormido, pero, por lo menos, ya tenía nombre.

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