Sin etiquetas

Capítulo 4

Matar a Jácome, matar a Baltar, matar a políticos en un mundo desquiciado. No sé si tiene sentido y no sé si podremos ser capaces, porque este es el espíritu de nuestra época, el zeitgeist que lo llamaba la filosofía alemana, el weltgeist, o Geist der zeiten… Pero da igual.

Pablo se levantó de su despacho y, mecánicamente, sin pensar, decidió ponerse ropa deportiva y salir a correr un rato. Necesitaba desconectar un poco para seguir escribiendo, para centrarse. Los últimos tiempos habían sido duros. Desde el primer confinamiento, el de 2020, todo fue a peor. Y tres años después, casi cuatro realmente, las medidas extremas tomadas por las instituciones del Estado y de la Unión Europea, se hicieron cotidianas. Ya no existía un Estado de alarma, la realidad se había impuesto y ahora todo era un Estado de excepción, un estado donde los derechos y las libertades habían cambiado completamente su sentido. La fisonomía social también había cambiado. Radicalmente. El toque de queda y los turnos para salir se había convertido en el escenario habitual, y las calles despobladas dejaron de ser noticia. Y claro, la violencia.

La violencia siempre se asienta de la misma manera en el tejido social, y si fuésemos capaces de observar los procesos históricos, lo veríamos muy claro. Las teorías del labelling approach, del etiquetamiento social lo explicaban. Construimos un discurso, una narrativa social dominante, y etiquetamos a los enemigos. Los que hablaban de que los ciudadanos teníamos derechos, teníamos libertades, eran los desafectos, los malos. Lo demás fue muy sencillo, sobre todo en sociedades como las nuestras. En Inglaterra, en Francia todo fue diferente, como casi siempre, claro, pero esto no es Inglaterra ni Francia, este es un país que todavía no había superado unas estructuras sociales y unas reglas propias del franquismo y de las sociedades atrasadas. La pena es que esta dinámica se extendía y se reproducía en todos los campos y en todas las ideologías. Desde la izquierda a la derecha.

Pablo se ató minuciosamente sus zapatillas deportivas, cogió una mascarilla, un reflectante y los airpods, y se dispuso a salir. Automáticamente se percató de que no había mirado las previsiones de hoy. Ahora las autoridades decidían cada día, en función del número de personas infectadas y fallecidas, las zonas en las que se podía salir y los lugares libres. De hecho, hasta había drones controlando los espacios aislados por la pandemia. Aún así, había formas de escabullirse, y el hoy quería correr un rato. Desde que había salido del hospital, había decidido atarse a las rutinas para no perder la cabeza, y hoy sabía que tenía que desconectar de todo esto. Tenemos que ter controlada la mente, si no el resto va todo en picado, y el ejercicio y hacer yoga y dormir eran los mejores parapetos. 

Era de noche, y llevaba un pasamontañas para pasar desapercibido. Bajó por unas escaleras directamente hacia el río, donde solo se percibía el sonido del agua, marcó cuarenta minutos en su cronómetro y se puso a trotar. En su mente sin etiquetas ahora solo fluía el silencio, la tranquilidad, y una extraña idea, matar a Jácome, o matar a Baltar.

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